-¿Era esto lo que querías? ¿Era esto, Tom? Trocitos de corazones rotos pintados sobre papel y noches mágicas que no volverán a suceder. No firmamos un contrato, pero yo creía que nuestro amor sería eterno. Una historia demasiado bonita para ser cierta, ¿no?
Risa irónica.
-Pues no te preocupes, aquí llega nuestro punto final. Y tenías razón, soy soñadora en exceso y espero demasiado de la gente.
Pausa.
-Ya he recogido todas mis cosas y ya estoy de camino a un lugar en el que me quieren de verdad. Borra mi número de la agenda y quema nuestras fotos de aquel fotomatón del metro. Y esa libreta con nuestros planes de futuro, ¿la recuerdas? Quémala también, por favor. Yo desapareceré de tu vida, lo prometo. No volverás a verme. Me evadiré de tus sueños y de tus pensamientos. Jamás volveré a ser parte de tu rutina. Porque, por mucho que lo intentemos, jamás volverá a ser lo mismo. Hasta nunca, Tom. Espero que la vida te trate tan mal como tú me has tratado a mí.
Botón rojo. Suspiro.
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jueves, 2 de febrero de 2012
viernes, 28 de octubre de 2011
Lo peor son las mañanas.
Me despierto, busco su calor y, ¡bum! Él ya no está. Él ya no está conmigo. Las noches emborronan mi memoria, y me hacen pensar que mi vida comenzó cuando le conocí. Cada mañana, en cuanto abro los ojos, una realidad fría y dura me golpea el pecho y hace que me cueste respirar. A veces tengo tentaciones de suicidarme. No sería la opción correcta y yo no soy una cobarde, así que lo descarto rápidamente. Otras veces, mi cuerpo tiene más fuerza que mi cerebro y me dan ganas de golpear lo primero que se cruza en mi camino.
Pero, la mayoría de las veces, me quedo quieta en una esquina o junto a la ventana.
Y lloro.
Y tiemblo.
Y los dientes me castañean, y me muero de frío a pesar de los 18ºC de septiembre. Entonces viene ella. Sabe que no me gusta que haga tanto por mí, pero ella viene y me tapa con una manta. No me dice nada; a veces me abraza o se queda a mi lado, pero nunca pronuncia una sola palabra.
Tiene miedo de que cualquier cosa que me diga me recuerde a él y me ponga peor. Muchas tardes las paso sentada en un banco de la estación. Me siento, con una bufanda de lana tapándome la boca, la nariz y las orejas. La gente me suele mirar extrañada.
Pero mi cuerpo es demasiado débil como para aguantar el frío, y los huesos se me entumecen a los minutos de salir al exterior. Las lágrimas se congelan antes de caer por mis mejillas y decido regresar a mi hogar.
Y así todos los días. Cada despertar es una decepción. Y un golpe fuerte.
Porque él ya no está. Él ya no está conmigo.
(Siento mucho no actualizar esto más a menudo, pero el frío ha congelado mi inspiración y desde hace tiempo sólo me salen palabras tan tristes como éstas.)
domingo, 25 de septiembre de 2011
Cuando llegaban los días que Luna llamaba “de caramelo” (porque el cielo se ponía de color piruleta al atardecer), mamá cambiaba las sábanas de franela por las de algodón. Decía que de noche tendríamos mucho calor y que siempre tirábamos las mantas. Abend ya no dormía sobre el edredón, a mis pies. Prefería el suelo de azulejo blanco, que estaba fresquito. Un día, Luna preguntó por qué los deseos se piden soplando a los dientes de león. Mamá no lo sabía, y yo tampoco. Ni siquiera el abuelo lo sabía. Creo que nadie lo sabe. Simplemente se hace y ya está.
Todas las mañanas, Luna y yo salíamos al portal del jardín en pijama, despeinadas y descalzas para recoger la bolsa del pan que el señor Martín, el panadero, dejaba colgada en la puerta. A veces la hierba estaba mojada por el rocío y luego mamá decía que era normal que nos resfriáramos. Después subíamos a vestirnos y lavarnos. El agua estaba muy fría y Luna se escaqueaba a menudo de lavarse la cara. Abend nos esperaba al lado de la escalera y nos acompañaba el resto de la mañana cuando íbamos a pasear.
Pasábamos media mañana en el parque que está al lado del río, ése que tiene un montón de margaritas y dientes de león alrededor. Jugábamos en el columpio, hacíamos coronas con flores, metíamos los pies en el agua y bailábamos en la hierba. A mí me gustaba que Abend se tumbase en mi vestido y a él le gustaba que lo acariciase. Sus ojos verdes brillaban mucho más al sol, y hacían contraste con su pelo negro.
Papá nos llevaba a pescar los domingos. Me gustaba coger los gusanitos y ponerlos en el anzuelo, pero a la vez me daban pena. ¡Pobrecitos! ¡Seguro que duele un montón clavarse un anzuelo! A veces no pescábamos nada, pero nos lo pasábamos muy bien. Una vez, un pez muy muy grande casi tiró a Luna de la barca. Menos mal que papá es muy fuerte y la ayudó. Era una trucha y tenía escamas de colorines. Papá dijo que era una trucha arco iris, aunque yo no entiendo mucho de peces.
Caramelo con sabor a
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sábado, 10 de septiembre de 2011
Los días no son lo mismo sin ti.
Ni siquiera el sol brilla con la misma intensidad, ni los niños corren y gritan tanto como antes. El panadero ya no me desea un buen día, quizás porque sabe que no lo tendré. Apenas salgo más allá del portal, y bajo sólo para recoger las cartas de Daniela. Las lágrimas se me congelan antes de caerse en el vacío tras deslizarse por mis mejillas.
Mi vida es ahora una película en blanco y negro, y el sonido de la lluvia golpeando las lápidas de granito se ha convertido en mi banda sonora. Han pasado ciento ochenta y tres días desde que duermo sola en nuestra cama. La casa carece ahora de aquella luz y aquel calor acogedor que tú aportabas.
Creo que sé lo que haré ahora: rendirme. Me quedaré aquí, tumbada, sobre los azulejos fríos y blancos como la nieve que se amontona a ambos lados de la puerta, y esperaré a que el aire deje de llegar a mis pulmones.
(Este verano he abandonado a mis caramelos azules y me he centrado muchísimo más en la fotografía (podéis comprobarlo en mi Flickr). Pronto veréis novedades y (bastantes) cambios aquí.)
Ni siquiera el sol brilla con la misma intensidad, ni los niños corren y gritan tanto como antes. El panadero ya no me desea un buen día, quizás porque sabe que no lo tendré. Apenas salgo más allá del portal, y bajo sólo para recoger las cartas de Daniela. Las lágrimas se me congelan antes de caerse en el vacío tras deslizarse por mis mejillas.
Mi vida es ahora una película en blanco y negro, y el sonido de la lluvia golpeando las lápidas de granito se ha convertido en mi banda sonora. Han pasado ciento ochenta y tres días desde que duermo sola en nuestra cama. La casa carece ahora de aquella luz y aquel calor acogedor que tú aportabas.
Creo que sé lo que haré ahora: rendirme. Me quedaré aquí, tumbada, sobre los azulejos fríos y blancos como la nieve que se amontona a ambos lados de la puerta, y esperaré a que el aire deje de llegar a mis pulmones.
(Este verano he abandonado a mis caramelos azules y me he centrado muchísimo más en la fotografía (podéis comprobarlo en mi Flickr). Pronto veréis novedades y (bastantes) cambios aquí.)
Caramelo con sabor a
(micro)relatos,
fotografías,
mariposas que celebran la primavera en tu estómago
sábado, 23 de abril de 2011
Tras un agotador día de trabajo, la señora Caterine Anderson entra en el edificio “El Muro” de la calle Puerto Rico. En ese mismo instante y siete pisos más arriba, su marido, William McNeil, saca del microondas una buena ración de carne asada sobrante del mediodía.
Caterine, como siempre, revisa el buzón y se encuentra con un paquetito envuelto en papel de regalo turquesa. En lo que parece ser el lado superior hay una nota escrita con letra cuidadosa: Para Elsbeth. Caterine se queda embobada mirando el diminuto paquete que ahora está en la palma de su mano.
Un ruido del exterior hace que se sobresalte y vuelva al Planeta Tierra. Sube las escaleras preguntándose quién habrá dejado el pequeño regalo en su buzón.
Ascensor. Botón. Puertas. Ligero zumbido. Puertas. 7º B.
Sus dos hijos pequeños se acercan a recibirla.
– Nora, dile a tu hermana que venga inmediatamente. –Ordena Caterine a su hija.
Nora sale disparada al pasillo, directa a la habitación de su hermana. Nora se encuentra con la puerta entreabierta, por lo que decide llamar para evitarse la bronca de su hermana.
Toc, toc.
– ¿Qué quieres?
– Mami dice que vayas.
– Voy.
Elsbeth deja la novela que estaba leyendo sobre la cama y se calza las zapatillas de casa. Camina desganada hacia la cocina, donde supone que está su madre. Le sonríe y le da un beso.
– ¿Qué tal en el trabajo, mami?
– Bien... Toma, estaba en el buzón. –Caterine le entrega el paquetito a su hija.
Elsbeth se lleva el regalo a su habitación. Se acomoda sobre la alfombra y rasga con cuidado el papel turquesa.
Es una cajita... como la de las joyerías. La abre y dentro se encuentra...
Caramelo con sabor a
(micro)relatos,
papel de regalo turquesa
domingo, 13 de marzo de 2011
Cada mañana, a las nueve y media, se producía un hecho rutinario: su imaginación echaba a volar, escapándose del frío cielo de León. Pasaba las horas de clase girando su anillo de estaño en el anular derecho. Escuchaba sin demasiada atención a los profesores y nunca, nunca estudiaba. Los viernes por la tarde caminaba hasta su casa, cerca de la plaza de los cerezos. Los fines de semana estaba con su padre, un hombre mayor que trabajaba en la biblioteca municipal.
Vivía de la imaginación, de la fantasía, de los sueños, como todos. Su vida se basaba en leer, escribir y pasear. Odiaba su internado, y siempre decía que era una cárcel de niños. Le gustaban las novelas de misterio, los relatos de amor y la poesía, por este orden.
Era una joven sencilla, humilde y amable con todos, incluso con Clara, la persona más odiable del universo conocido. Adoraba la naturaleza; pasaba tardes de primavera viendo como los petirrojos picoteaban las migas del suelo, o acariciando cada pétalo que el viento arrancaba a los cerezos.
Había leído todos los libros de la biblioteca. Sólo su padre, la anciana Rosilda y ella habían conseguido hacerlo. Tenía alguno favorito, uno de ésos que lo lees hasta que las páginas se convierten en polvo.
Su sueño era vivir en una casita desde donde se oyera el mar, para intentar alcanzar el horizonte al asomarse a la ventana.
Caramelo con sabor a
(micro)relatos,
fotografías
miércoles, 5 de enero de 2011
Niña
Sigo siendo esa niña que se roba con una mirada, un caramelo o unas palabras. Sigo siendo esa niña tan inocente que antes era, esa que se sorprende con cada novedad que descubre. Esa que adora el olor de los libros antiguos y el olor de la lluvia sobre el asfalto. Esa que se relame los labios tras bucear por las aguas del Atlántico.
Caramelo con sabor a
(micro)relatos
Era una niña. Envuelta en sus sueños, perdida en el amor.
Nadie le dijo cómo, ni cuándo, pero ella fue. Fue y se lo encontró, de narices. Se tropezó con él. Luego se rió, y más tarde lloró. Y después aprendió.
Aprendió, joven corazón inocente, a vivir, a enamorarse, a equivocarse, a aprender de los errores.
Nadie le dijo cómo, ni cuándo, pero ella fue. Fue y se lo encontró, de narices. Se tropezó con él. Luego se rió, y más tarde lloró. Y después aprendió.
Aprendió, joven corazón inocente, a vivir, a enamorarse, a equivocarse, a aprender de los errores.
Caramelo con sabor a
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mariposas que celebran la primavera en tu estómago
Lluvia
Tiramos bolsos, chaquetas, paraguas y demás al suelo, en un rincón de la calle, y empezamos a correr. Como dos niñas pequeñas. De la mano. Por las callejuelas más oscuras, con la lluvia cayéndonos por la cara y por el pelo. Y luego metimos los pies en un charco y nos empezamos a reír.
Caramelo con sabor a
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descripciones y pensamientos,
fotografías
Olor a caramelo. Caramelo de frambuesa. Caramelo que trae recuerdos. Recuerdos a risas inocentes, a carreras por la playa, a niños. A colores, a olas esquivadas, a piedrecillas lanzadas al mar y a castillos de arena. A nubes de verano, a flores tomando el sol.
Dulce caramelo de verano y frambuesa.
Olores, momentos, imágenes, sabores, experiencias, sonidos, descubrimientos. Recuerdos.
Caramelo con sabor a
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viernes, 31 de diciembre de 2010
“¿Se puede llegar a querer tanto a una persona como para “olvidar” quince años?
Con el tiempo, he aprendido que sí.”
Nuestros años de amistad pasaron en seguida. Al principio, ni siquiera se podía definir amistad la nuestra.
Después, comenzaron los ensayos de guitarra; tocábamos juntos y hablábamos demasiado. Llegó el día en el que nos besamos. Mi Slammer y 15 años nos separaban.
Tras esta época de verano y felicidad, llegó otra en la que nos alejamos. Estudiaba 3º de ESO mientras él se las arreglaba para aprobar derecho.
Los dos le daban demasiada importancia al tema de la edad, pero acabaron dándose cuenta de que lo que importaba realmente.
Compartían gustos; a menudo, escuchaban música juntos o iban a pasear cerca del río.
Ella, a su corta edad, hablaba como un adulto, y él la oía encantado.
Ana tenía el pelo largo de un color castaño oscuro. Sus ojos brillaban como dos lunas verdes, y tenía la piel tan blanca como el pan.
Caramelo con sabor a
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mariposas que celebran la primavera en tu estómago
martes, 14 de diciembre de 2010
Esa mañana de domingo había vuelto a la casa abandonada. Cambiaron muchas cosas desde la última vez, cerca de agosto. El “bosque del norte” había desaparecido por completo, y el camino que lleva a las rocas había mejorado notablemente. Por lo demás...
***
Cada vez resultaba más complicado ascender con unas ruedas tan desgastadas. Hace unas horas estaba lloviendo, por lo que las rocas estaban completamente mojadas. Tras una curva muy cerrada a la derecha, pude observar mi “pequeño” tesoro. Una casa abandonada a los pies del Atlántico, entre las rocas del mar y del monte.
***
Llegué a mi casa, dejé la bici en el garaje y subí a mi cuarto.
Entré en mi habitación con la toalla puesta dejando una hilera de gotas de agua por el pasillo. Me senté en un borde de la cama y cogí la cámara para ver las fotos que había sacado: una flor silvestre, una ola rompiendo contra una roca, un cielo gris con nubes blancas, la casa,...
Me paré en la foto del chalé a medio construir y me fijé en una de las ventanas. Había algo extraño... Intenté ampliar la imagen del alféizar de una de las ventanas del tercer piso, pero se veía demasiado borrosa. Aún así, se distinguía una silueta... Era como un muñeco... un muñeco de trapo de color rojo...
Caramelo con sabor a
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domingo, 5 de diciembre de 2010
23.05.2003~Adoro esa brisa primaveral mientras merendamos en los recreos.
He ido con los chicos hasta el río. Estuvimos explorando hasta las siete porque Mario tenía entreno de fútbol. Hemos encontrado un camino que lleva a alguna finca, posiblemente. Intentamos seguirlo, pero en cierto punto, había un cartel que ponía "Propiedad privada", seguido de una verja que rodeaba el lugar al que queríamos acceder. Sólo veíamos árboles tras las débiles varillas de hierro oxidado. Intentamos romper una de ellas con una piedra, pero no hemos sido capaces. Mañana probaremos a cortarlas con un alicate.
A las ocho menos diez llegamos al parque, tras haber estado vagabundeando por ahí. Laura, Víctor y yo nos hemos quedado en el parque, charlando.
24.05.2003~¡Hemos logrado entrar en la finca!
Hoy volvimos al lugar de ayer, cerca del arroyo de verano, y tras forcejear con la valla, hemos conseguido entrar.
La finca está prácticamente vacía. Es cuadrada, y tiene muchos árboles. Al sudeste hay un gran invernadero, que resulta demasiado terrorífico como para acercarse a él.
Caramelo con sabor a
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viernes, 3 de diciembre de 2010
Las luces del día se apagaban lentamente. Un cielo azul intenso cubría la ciudad.
-Es hora de irse -dijo ella tras levantarse de un salto. Él hizo lo mismo y se puso a su lado.
Caminaron de la mano a lo largo del paseo y, al llegar a las escaleras, se cogieron de las manos y se besaron.
Caramelo con sabor a
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fotografías
lunes, 15 de noviembre de 2010
Veinte de noviembre
Aquel veinte de noviembre cumplía dieciséis años. Mis padres se habían ido una semana de vacaciones, y era sábado, por lo que no había colegio. Por la tarde habíamos ido al cine, y después de cenar unas pizzas, nos fuimos los cuatro a mi habitación. Estuvimos jugando a las cartas y hablando hasta las cuatro y media de la mañana. Unos treinta minutos después de apagar las luces, se empezaron a escuchar susurros.
Sujeté por los hombros a Dani, el chico con el que había compartido los momentos más intensos y felices de mi vida.
-Eh... ¿Lo has oído? –susurré.
-Serán Vic y Lau. Ya me entiendes, la tontería de los enamorados –sonrió y jugó con mi pelo.
-Ams...
-No te preocupes, boba. Anda, ven aquí –levantó la manta y me arrimé a él- ¡Estás helada!
-Sí, pero ya no lo voy a estar... –sonreí y me cogió la mano.
La radio-despertador marcaba las 6.25 con una lucecita intermitente. Noté la respiración cercana e irregular de Dani. Me acarició la cara y me preguntó:
-¿No puedes dormir?
-No...
-Yo tampoco. Vámonos –apartó la manta e hizo ademán de levantarse.
-¿Estás loco? ¿A dónde?
-No sé. Vamos afuera.
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viernes, 10 de septiembre de 2010
Un cuento de cuando tenía siete años.
Era un día moi nuboso de finais de inverno.
- Témeme que hoxe non poderei ir ó porto cos amigos -dixo mirando ó ceo- Aínda que agora non chove, paréceme que nun chisco vai caer unha boa.
- Non te creas; por min podes ir sempre que veñas antes das oito e media, xa o sabes. Amais, creo que non vai a chover. Só é néboa.
- Pois se ti o dis, avoíña, crereite. Meu Carameliño, podemos ir a pasear ó porto!-o can deu saltos de alegría pola boa noticia da súa ama.
Eran as catro e cuarto cando Sara puxo o can enriba da cestiña que levaba na súa bicicleta. Meliño movía moito o rabo: era sinal de que estaba moi ledo por ir pasear coa súa ama. Case todas as tardes iban xogar e correr ao porto. Alí estaban os compañeiros da clase de Sara.
A rapaza botou a andar sobre a bicicleta costa abaixo, cara o porto.
O porto era o lugar favorito de todos os rapaces. Tódalas tardes de primavera ían xogar ó parque, que estaba no norte do porto. Levaba aquel lugar tanto tempo sendo o seu punto de encontro, que xa fixeran unha cabana entre unhas rochas. O muro norte, que protexía ós barcos do porto do forte vento do norte, estaba pintado polos rapaces dos colexios. Pintábano tódolos anos en cores azuis e verdes. O muro do oeste, en cambio, quedara ca cor do cemento. Aquela era unha zona perigosa, xa que as ondas rompían con tanta forza que ascendían un par de metros por riba do muro.
Sara chegou ó parque, pero non estaban alí os seus amigos. Decidiu dar unha volta polo paseo, por se estaban na praia ou na fonte, mais alí non había ninguén. Sara nunca vira o porto tan baleiro. Os mariñeiros estaban recollendo os barcos. Sara escoitou a conversa entre dous vellos lobos de mar:
- Ai! A xente preocúpase demasiado. As previsións do tempo anuncian unha gran tormenta, pero a min paréceme que moita leria pero non vai ser tanta cousa como din.
- Xa, que tormenta nin que caracolas! ...
Sara esquecérase do can, e agora chiaba coma un paxaro.
- Carameliño, síntoo! Esquecérame de ti! -dixo Sara, abrindo a cestiña e collendo o can.
- Témeme que hoxe non poderei ir ó porto cos amigos -dixo mirando ó ceo- Aínda que agora non chove, paréceme que nun chisco vai caer unha boa.
- Non te creas; por min podes ir sempre que veñas antes das oito e media, xa o sabes. Amais, creo que non vai a chover. Só é néboa.
- Pois se ti o dis, avoíña, crereite. Meu Carameliño, podemos ir a pasear ó porto!-o can deu saltos de alegría pola boa noticia da súa ama.
Eran as catro e cuarto cando Sara puxo o can enriba da cestiña que levaba na súa bicicleta. Meliño movía moito o rabo: era sinal de que estaba moi ledo por ir pasear coa súa ama. Case todas as tardes iban xogar e correr ao porto. Alí estaban os compañeiros da clase de Sara.
A rapaza botou a andar sobre a bicicleta costa abaixo, cara o porto.
O porto era o lugar favorito de todos os rapaces. Tódalas tardes de primavera ían xogar ó parque, que estaba no norte do porto. Levaba aquel lugar tanto tempo sendo o seu punto de encontro, que xa fixeran unha cabana entre unhas rochas. O muro norte, que protexía ós barcos do porto do forte vento do norte, estaba pintado polos rapaces dos colexios. Pintábano tódolos anos en cores azuis e verdes. O muro do oeste, en cambio, quedara ca cor do cemento. Aquela era unha zona perigosa, xa que as ondas rompían con tanta forza que ascendían un par de metros por riba do muro.
Sara chegou ó parque, pero non estaban alí os seus amigos. Decidiu dar unha volta polo paseo, por se estaban na praia ou na fonte, mais alí non había ninguén. Sara nunca vira o porto tan baleiro. Os mariñeiros estaban recollendo os barcos. Sara escoitou a conversa entre dous vellos lobos de mar:
- Ai! A xente preocúpase demasiado. As previsións do tempo anuncian unha gran tormenta, pero a min paréceme que moita leria pero non vai ser tanta cousa como din.
- Xa, que tormenta nin que caracolas! ...
Sara esquecérase do can, e agora chiaba coma un paxaro.
- Carameliño, síntoo! Esquecérame de ti! -dixo Sara, abrindo a cestiña e collendo o can.
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jueves, 2 de septiembre de 2010
Clara
La noche anterior había visto un reportaje en la tele sobre un concurso de belleza. Cuando las chicas piensan en apuntarse, sólo tienen en mente lo bueno: conocer gente, desfilar, ser conocida en medio mundo, pasárselo genial por las noches hablando con las demás chicas,... Pero lo cierto es que a veces se olvidan de ir horas y horas sobre unos tacones de quince centímetros, dormir poquísimo porque tienen que estar hasta tarde en discotecas, cambiarse mil veces de ropa en un solo día, comer cosas que no les gustan, aprenderse varias coreografías en poco tiempo,...
A mí nunca me han gustado esas cosas. Como dicen en mi película favorita, la vida es un **** concurso de belleza tras otro: el colegio, el instituto, la universidad, el trabajo,...
Era una chica tímida y callada, con pocas amigas. Iba y venía del colegio con mi mejor amigo, Saul. En mi pueblo, las mañanas eran monótonas, y a todos nos gustaría quedarnos en casa al ver el cielo nublado amenazando lluvia. Al volver del colegio comía con mi hermana mayor. Tenía diecinueve años y trabajaba de camarera en un bar.
A mí nunca me han gustado esas cosas. Como dicen en mi película favorita, la vida es un **** concurso de belleza tras otro: el colegio, el instituto, la universidad, el trabajo,...
Era una chica tímida y callada, con pocas amigas. Iba y venía del colegio con mi mejor amigo, Saul. En mi pueblo, las mañanas eran monótonas, y a todos nos gustaría quedarnos en casa al ver el cielo nublado amenazando lluvia. Al volver del colegio comía con mi hermana mayor. Tenía diecinueve años y trabajaba de camarera en un bar.
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viernes, 13 de agosto de 2010
Así empezó todo...
Aquel día me había despertado con una sensación extraña, como si algo importante fuese a ocurrir. Me levanté, hice la cama y con un salto me planté en la cocina. Allí estaba, en la mesa, una taza de leche fría, el azucarero y tres galletas. Tres simples galletas. Las tres simples y habituales galletas que mi madre me dejaba en la mesa cuando me quería decir algo. Desayuné a la velocidad del rayo y fui a por el tarro de las tostadas.
Y allí estaba.
Un trozo de una hoja de libreta arrancada y escrita con prisa. "Cariño, te he apuntado en el concurso. Ha llamado Laura y ha dicho que te espera en el parque a las once y media. Se enfurecerá si llegas tarde. Pásalo bien. Te quiero."
Así empezó todo...
Y allí estaba.
Un trozo de una hoja de libreta arrancada y escrita con prisa. "Cariño, te he apuntado en el concurso. Ha llamado Laura y ha dicho que te espera en el parque a las once y media. Se enfurecerá si llegas tarde. Pásalo bien. Te quiero."
Así empezó todo...
Caramelo con sabor a
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sábado, 7 de agosto de 2010
"-Buenas noches, soy Ángeles Villaverde."
Paseaba bajo la luz de las farolas, pensando en acontecimientos sin sentido, sucesos sin explicación, que habían transcurrido durante el día.
Vagaba por las calles, sin rumbo fijo. Mis oídos no captaban ningún sonido. El pueblo estaba envuelto en un aura de misterio, y un silencio sepulcral reinaba en él.
Decidí tomar la calle que llevaba al antiguo colegio privado.
Una calle muy poco comercial, con las fachadas de las casas grises, apagadas, sin alegría ni vida. Estrecha y ascendente, bordeada por muros de jardines descuidados y edificios tristes, era una de las calles más antiguas de la ciudad.
Vagaba por las calles, sin rumbo fijo. Mis oídos no captaban ningún sonido. El pueblo estaba envuelto en un aura de misterio, y un silencio sepulcral reinaba en él.
Decidí tomar la calle que llevaba al antiguo colegio privado.
Una calle muy poco comercial, con las fachadas de las casas grises, apagadas, sin alegría ni vida. Estrecha y ascendente, bordeada por muros de jardines descuidados y edificios tristes, era una de las calles más antiguas de la ciudad.
El antiguo colegio. Silencioso como siempre. Por la noche, ese lugar daba miedo. Asustaba. Aterrorizaba. No me sentía segura rodeada de silencio y oscuridad, por lo que decidí alejarme. El antiguo colegio. Una leyenda misteriosa se adueñaba de él desde hace muchos años.
Mis pasos apurados me llevaron a la Plaza del Ayuntamiento. Al norte, un pequeño parque; en el centro, una fuente dedicada a un ex-alcalde; al sur, la Torre del Reloj, que nos marca el tiempo con sus cansadas agujas; al oeste, el edificio del Ayuntamiento y al este, la oficina de las Dependencias Policiales.
Mis pasos apurados me llevaron a la Plaza del Ayuntamiento. Al norte, un pequeño parque; en el centro, una fuente dedicada a un ex-alcalde; al sur, la Torre del Reloj, que nos marca el tiempo con sus cansadas agujas; al oeste, el edificio del Ayuntamiento y al este, la oficina de las Dependencias Policiales.
Mi respiración parecía acompasada con los suspiros de la noche, los lamentos de los árboles. Una noche fría, de lluvia, de invierno. El entorno parecía más triste todavía con aquel silencio preocupante. Era tal, que podía escuchar mis propios latidos.
Notas perdidas de una guitarra llegaban a mis oídos. Provenían del quinto piso de un edificio cercano.
Notas perdidas de una guitarra llegaban a mis oídos. Provenían del quinto piso de un edificio cercano.
Me sobresalté. El reloj de la Torre dio las doce. Medianoche.
Me senté en uno de los bancos que estaban al norte de la plaza. Dejé a mi lado la chaqueta y observé alrededor. Oscuridad. Silencio. Noche. Soledad... ¿Soledad?
No.
Una silueta se hallaba en medio de la plaza, cerca de una de las farolas apagadas. Me levanté y la sombra, que debía haber estado de espaldas, se percató de mi existencia. Alzó la cabeza y se incorporó del pequeño muro de la fuente. Caminaba lentamente hacia mí cuando dejé de respirar. No sabía qué hacer, si echar a correr o caminar hacia la silueta desconocida. Ninguna de las dos cosas; me quedé clavada en el suelo, paralizada por el miedo. Cogí aire poco a poco mientras la sombra se aproximaba. Era una mujer de unos treinta años, alta y esbelta.
Vestía un abrigo negro de paño que le cubría hasta la rodilla. Sus zapatos de tacón resonaban en el suelo húmedo del parque. Un gorro, también negro, le cubría el pelo. Sus ojos eran de color verde esmeralda.
La desconocida se acercó a mí y se quitó el sombrero, dejando al descubierto su pelo, negro como el azabache, recogido al estilo de los años 40.
-Buenas noches, soy Ángeles Villaverde.
Me senté en uno de los bancos que estaban al norte de la plaza. Dejé a mi lado la chaqueta y observé alrededor. Oscuridad. Silencio. Noche. Soledad... ¿Soledad?
No.
Una silueta se hallaba en medio de la plaza, cerca de una de las farolas apagadas. Me levanté y la sombra, que debía haber estado de espaldas, se percató de mi existencia. Alzó la cabeza y se incorporó del pequeño muro de la fuente. Caminaba lentamente hacia mí cuando dejé de respirar. No sabía qué hacer, si echar a correr o caminar hacia la silueta desconocida. Ninguna de las dos cosas; me quedé clavada en el suelo, paralizada por el miedo. Cogí aire poco a poco mientras la sombra se aproximaba. Era una mujer de unos treinta años, alta y esbelta.
Vestía un abrigo negro de paño que le cubría hasta la rodilla. Sus zapatos de tacón resonaban en el suelo húmedo del parque. Un gorro, también negro, le cubría el pelo. Sus ojos eran de color verde esmeralda.
La desconocida se acercó a mí y se quitó el sombrero, dejando al descubierto su pelo, negro como el azabache, recogido al estilo de los años 40.
-Buenas noches, soy Ángeles Villaverde.
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